La conmoción que provoca Donald Trump con su metralla de decretos y declaraciones, tiene en el plano económico un recorrido asombroso y posiblemente más grave aun que en el nivel político.
“La kriptonita para los inversionistas es la incertidumbre” le dice al Financial Times Desmond Wheatley, un ejecutivo de una empresa dedicada a los sistemas de carga de vehículos eléctricos, un sector que creció en la administración anterior y que tiembla ahora. El CEO de Ford Motors, Jim Farley, lo expresa un modo más rudo: “Lo único que estamos viento es mucho caos”.
La queja es por los aranceles a México y Canadá, donde esta automotriz produce gran parte de sus vehículos, también eléctricos. “Un 25% de tarifas a México y Canadá disparará un agujero en la industria norteamericana como no hemos visto nunca”, advierte. Pero este jueves Trump anunció que el próximo martes aplicará ese castigo impositivo y también a China con la excusa dudosa del fentanilo.
Se corrige a si mismo luego de haber afirmado que lo haría en abril. Se supuso que esa postergación se debía a que le habían advertido sobre el daño de la medida a despecho de que esos países no hicieron mucho para conformar al magnate, salvo mover algunos soldados a la frontera para que aparezcan en las fotos. Pero quizá tampoco nada suceda el martes. Es la incertidumbre de la queja de Wheatley. “¿El EE.UU. corporativo se está disgustando con Trump?” se pregunta el influyente FinancialTimes.
A poco de iniciarse este gobierno, la Reserva Federal expresó ya su preocupación por los posibles efectos inflacionarios de las propuestas de comercio e inmigración de Trump. El Comité Federal de Mercado Abierto (FOMC) de la FED, que fija las tasas, votó el mes pasado pausar los recortes después de tres reducciones consecutivas.
La razón de esas bajas era la convicción de que la inflación avanzaría a la meta del 2% anual desde el 3% actual. Pero ahora, en las minutas del encuentro, alertan de una “eventual complicación” en el proceso de desinflación “por los cambios en la política comercial y de inmigración”.
El golpe inflacionario
Los aranceles son impuestos que gravan los productos importados, por ejemplo acero y aluminio que Trump acaba de fijar en 25%, ese adicional se traslada al consumidor. La expulsión de inmigrantes, a su vez, encarece la mano de obra. Para las pymes que no tiene fuertes espaldas esa combinación puede significar el final del camino.
Pero además aquella maniobra dispara réplicas con impuestos semejantes del país castigado, un impacto gravoso al comercio que entra en un ciclo acelerado de proteccionismo. Una clave evidente del capitalismo es la acumulación y los mercados observan que nada de los propuestas hasta ahora garantizan ese resultado.
En un extenso artículo de investigación The Wall Street Journal, que ya había calificado de “guerra boba” todo este armado, reflexiona que la llegada de Trump produjo una ola de optimismo. Hubo saltos significativos, los mayores en tres años, de pedidos a los fabricantes, según la pesquisa del Institute for Supply Management. Pero después todo se puso opaco.
“Los eventos desde la inauguración han minado ese optimismo. El S&P 500 subió 5% en los primeros cinco días tras la elección y desde entonces se ha movido lateralmente», afirma. La Universidad de Michigan detectó una caída del humor del consumidor este febrero. Lo mismo sucedió entre las pequeñas empresas, revela una encuesta de Vistage Worldwide para ese diario.
Chris Rupkey, economista jefe de la firma financiera FWDBonds, en un informe abierto a los inversores el pasado domingo, señaló que “los temores del público se han disparado en las últimas dos semanas, la avalancha de cambios que provienen del escritorio del presidente ha traspasado la línea entre el pro-crecimiento al pro-inflación”. Y repite una máxima bien conocida en nuestro país: “Una vez que las expectativas de inflación comiencen a subir, es sólo cuestión de tiempo antes de que la inflación real despegue”.
Existe una paradoja en el escenario. Trump ganó las elecciones debido a la economía, pese a que heredó una situación muy sólida: aumento de 2,8% del PBI, caída del desempleo a 4%, la inflación en el nivel señalado tras tocar 9% en 2022 y producción récord de petróleo. Pero los precios básicos estaban más caros que cuando gobernó Trump.
En el medio, el coronavirus había agregado una crisis global y esos valores no bajaron. Unos cien millones de electores votaron con su bolsillo, en contra de los demócratas que ignoraron ese problema. La paradoja se cierra con que el magnate republicano amenaza ahora con más inflación, no menos.
Trump considera que los aranceles impuestos o su mera amenaza son una herramienta perfecta de negociación. No advierte que también es un recurso peligroso, porque golpea primero a quien la enarbola. Una encuesta de Reuters-Ipsos poll, difundida hace poco más de una semana, detecta una primera ligera caída en el índice de aprobación de Trump, pese a que acaba de llegar al poder.
La agencia noticiosa especializada lo atribuye a que más estadounidenses se preocupan por la dirección de la economía. Añade que la proporción de quienes desaprueban su presidencia creció, en cambio, mucho más, 51% en la última encuesta, en comparación con 41% después de que asumiera el cargo.
Economía dudosa
“La economía comienza a exhibir un aspecto dudoso (iffy)”, dice Bloomberg, también especializada. Uno de sus analistas, Mark Cudmore, de Markets Live, lo pone de este modo: “Se ha pasado de preguntarse cuándo Trump mejorará las perspectivas económicas a preocuparse si está empezando a dañarla”.
De igual modo la firma de servicios financieros US Wealth Management explica en su brochure de análisis que la volatilidad que exhibe la Bolsa se debe a la creciente incertidumbre sobre las implicaciones económicas de estas políticas. “El mercado aparece estancado porque no estamos obteniendo suficiente claridad política”, explica Rob Haworth economista jefe de estrategia de inversión en esa compañía.
Es notable la velocidad de estas transformaciones. Jeffrey Sonnenfeld, profesor de liderazgo en Yale School of Management, explica con asombro que “la euforia que vivimos en enero con un presidente pro negocios está dando paso a una consternación. Embiste con las políticas comerciales contra nuestros aliados en vez de nuestros adversarios y eso preocupa a los CEOs que ven a la economía en peligro”.
Horas antes de la nueva amenaza sobre Canadá y México, Trump anunció un aluvión de aranceles contra Europa afirmando que “la UE se creó para fastidiar (joder) a EE.UU.”. Un extraordinario desprecio hacia el mayor aliado global de la potencia norteamericana.
Lo dice, además, un líder que se refiere a si mismo con el título de Rey y acaba de exhibir un brutal y grotesco video que muestra su propia enorme estatua dorada o de oro en la Franja de Gaza que imagina convertida en un centro turístico internacional con él y su amigo Elon Musk asoleándose, por supuesto sin palestinos. Ejemplo de que no debe haber límites para el poder.
Las corporaciones buscan formas para acomodarse a este desafío con proyectos que les permitan escudarse. Apple, que fabrica casi todo en China y se enfrenta a los aranceles de replica de ese país, se comprometió a invertir US$ 500.000 millones en EE.UU. en los próximos cuatro años, señala la CNN. Pero no todas las empresas pueden asumir ese tipo de compromisos, en particular si tienen operaciones de gran tamaño en zonas de libre comercio o si fabrican productos en el extranjero que no se pueden reproducir en Estados Unidos.
Del “Trump bump” al “Trump slump”, dicen en Wall Street forzando la rima en slang, por el entusiasmo inicial y lo que puede constituir la frustración que se insinúa gravemente en el horizonte.
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